
Por: Víctor Hugo Acevedo
Hay encuentros que se sienten más como pausas necesarias que como reuniones políticas.
Momentos donde una buena charla —y una buena comida— terminan abriendo espacio para entender hacia dónde va el movimiento y por qué seguimos defendiendo ciertas convicciones.
Así fue este fin de semana para la presidenta municipal Mary Hernández, quien tuvo una serie de diálogos profundos con referentes de Morena que no solo conocen la historia del movimiento, sino que han sido parte de su construcción desde los primeros días.
La primera conversación, acompañada de una birria playense de esas que reconfortan el ánimo, fue con Mirella Díaz, consejera de Morena y figura clave en la reflexión interna del partido.
Hablar con ella —dicen los que la conocen— siempre es entrar en un espacio donde la izquierda se entiende no como discurso, sino como práctica cotidiana: escuchar, organizar, corregir, volver a empezar y no soltar la causa.
En ese intercambio largo y franco, Mary coincidió en algo esencial: la unidad no se decreta, se trabaja todos los días.
Poco después, la ruta llevó a Mary a encontrarse con Chato Bacelis, isleño querido y otro referente histórico de la izquierda quintanarroense.
Ahí la reflexión tomó otro tono, igual de profundo, pero más orientado al futuro.
Entre anécdotas y visión de territorio, ambos coincidieron en un punto que hoy parece más vigente que nunca: las alianzas verdaderas se construyen con principios, no con ambiciones.
Y esa frase, tan sencilla pero tan precisa, resume la esencia del movimiento.
Morena nació desde abajo, desde la organización comunitaria, desde la resistencia y desde la convicción de que la política debía volver a tener rostro humano. Por eso estas reuniones no se sienten como eventos formales; se sienten como un retorno a las raíces.
Quintana Roo ha visto crecer este proyecto desde sus primeras asambleas hasta su consolidación actual.
Pero la fortaleza del movimiento no está en los cargos ni en las estructuras:
está en la gente que sigue creyendo, que sigue caminando, que sigue construyendo con honestidad, incluso cuando nadie mira.
Mary, Mirella, Chato…
tres trayectorias distintas, pero un mismo hilo conductor: la certeza de que el movimiento tiene mucha historia, pero mucho más futuro, siempre y cuando se sostenga en sus valores originales.
Porque organizar desde la izquierda no es un eslogan, es una forma de vivir la política.
Y cuando las convicciones son claras, las alianzas se vuelven más fuertes, la unidad más real y el camino más firme.
En tiempos donde las ambiciones suelen confundir el rumbo, estos encuentros nos recuerdan que la transformación se sostiene —como siempre— en lo más simple y lo más difícil:
principios, unidad y trabajo de todos los días.
